Sin sufijos

Cuando me mires quiero que te pierdas, que te pierdas tanto que no puedas encontrarte.

Que no halles el camino de vuelta cuando tus dedos se deslicen por el perfil de mi cadera porque es ahí donde debes estar.

Cuando me mires no quiero que veas líneas rectas, sino curvas. Esas curvas donde pierdes el control, esas en las que el riesgo a estrellarte está asegurado.

Que me veas descansar, tumbada, al borde del precipicio. Donde el vértigo y la pasión se unen en un placentero sueño.

Cuando me mires quiero que respires tan rápido que pierdas el conocimiento e inhalarme sea el único remedio para despertar.

Que pierdas todos tus sentidos, incluso el del tiempo.

Cuando me mires quiero que me lo digas todo, que tus ojos sean tu boca y tu boca un pacto que jamás se deba romper.

Que desnudes tus miedos antes de desnudar los míos, con dulzura, con cuidado. Porque esos miedos de los que te hablo tienen más fuerza que mi valentía, pero no más que mi coraje.

Y cuando me mires, cuando lo hagas por última vez, quiero que me describas con palabras puras, infinitas, sin sujifos. Porque los adornos al final solo restan valor y verdad.

Cuando te encuentren

Sé que te marchaste hace tiempo, pero es hoy cuando te digo adiós. Es ahora cuando estoy preparada para dar ese paso. No quería despedirme de ti sin estar segura de querer hacerlo.

Lo hago ahora porque no me gustan los abrazos en las despedidas, ni los aplausos al final de un concierto. Prefiero el factor sorpresa, aquel que te deja sin cartas para jugar tu última partida. El instintivo, el poco racional.

Tenía muchas cosas que decirte antes de despedirme de ti, esa es la razón por la que he tardado tanto tiempo en dejarte marchar aunque tú ya te hubieras ido.

Lo primero que quería que supieras es que nunca te imaginé, tampoco me esforcé en hacerlo porque jamás creí que podrías llegar a mi vida, pero lo hiciste. Lo hiciste como un soplo de aire fresco en pleno otoño, como la última hoja que cae del árbol. Lo hiciste pegando un portazo al entrar, el mismo que diste cuando te vi salir.

Duraste poco y te fuiste con las manos vacías. No me diste tiempo a regalarte nada y yo quería mostrártelo todo. Mis amaneceres, mis inquietudes, mi poca destreza en la cocina, mi involuntaria habilidad para meter la pata y mi distraída capacidad para arreglarlo todo. Te habría dejado nadar en mis miedos y perderte en mis sonrisas. Habría encontrado tus constelaciones y tú las mías. Habríamos hecho ese tipo de locuras que solo se hacen cuando estás fuera de ti para estar dentro del otro.

Quería que supieras todo lo que te has perdido, que fueras consciente de lo que has dejado atrás por salir corriendo y que ojalá alguien se tropiece contigo y te impida seguir avanzando solo. Que te descoloque. Que te sorprenda. Que te enamore. Que te guste tanto que solo hagas ruido al entrar. Que quieras saberlo todo y desentrañar sus enigmas lentamente, sin prisa.

 

Claarmina

Eres tú 43 veces

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La noche ha llamado a mi puerta, pero no le quiero abrir. No eres tú el que llama, sino la oscura soledad de tu silencio. Hoy han llamado a mi puerta preguntado por ti.

Quiero recuperar ese poder, el de oler la nada y acariciar la ausencia. Ese poder que perdí por cerrar los ojos y subordinarme a la indolencia.

Sigo oyendo tu nombre y la madera crujir, pero yo permanezco en mi cama somnolienta y abrumada preguntándome quien toca la puerta preguntando por ti.

La noche ha llamado 43 veces, pero no veo luces ni sombras. Ni arena, ni huellas que revelen tu presencia. Porque no eres tú quien llama, sino la voz de mi conciencia.

 

Claarmina

 

 

Tic – tac

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“A las 17:00 en punto empiezo a estudiar. El lunes empiezo la dieta. A primeros de mes empiezo el gym…” Empezar, empezar y empezar. Nos encanta organizarnos, dibujar esquemas mentales, cuadrar horarios. Y es que, por mucho que digan, sin un mínimo de orden no se puede vivir. El caso es que, curiosamente, creemos ser muy disciplinados y tenerlo todo bajo control, pero en realidad lo único que hacemos es posponer, posponer y posponer.

No queremos darnos cuenta de que esa hora en punto, ese principio de semana o de mes es solo una excusa para alargar el tiempo, estirarlo a más no poder. Y, por suerte o por desgracia, el tiempo no es un chicle que podamos adaptar a nuestro antojo. Así que, ¿por qué no aprovecharlo?

¿Tenemos que hacer algo? – Hagámoslo.

¿Queremos hacer algo? – Intentémoslo.

No existe una hora en concreto, ni un día especial en el que si comenzamos una tarea ésta saldrá mejor. Bobadas. Pensándolo fríamente, el reloj y el calendario son dos creaciones que nos hacen ser esclavos del tiempo. Muchas veces intentamos controlarlo, pero en la mayoría de los casos resulta casi imposible. Es entonces cuando vienen los ataques de pánico, los ‘que tarde se ha hecho’ o los ‘cinco minutitos más…’ antes de levantarnos de la cama. Y esto son dolores menores porque conforme vamos cumpliendo años y años, llega un punto en el que nadie se explica cuándo perdimos la carrera contra el tiempo. En ese momento nos gustaría guardarlo en una esfera de cristal y atarlo con una correa fuertemente en nuestra muñeca. Ahí, bien apretado, para que de vez en cuando podamos echar una ojeada y tener contados hasta los segundos que van pasando.

Volviendo a la idea principal… corramos. No para hacerle la revancha al tiempo ni porque tengamos prisa. Corramos para mantenernos despiertos, para dar vida a nuestras ilusiones y alcanzar nuestros objetivos. Corramos. No paremos ni para tomar impulso. Corramos para no dormirnos, para aprovechar las horas de luz y disfrutar las horas de noche. Corramos para ser los primeros en abrir los ojos cada mañana y mantenerlos abiertos para contemplar las estrellas.

Corramos porque, con o sin nosotros, los días empiezan y acaban. Empiezan y acaban las horas en punto, los lunes y los principios de mes. Empieza y acaba todo, absolutamente todo. Y no tenemos tanto tiempo para esperar a que el reloj marque dos veces la misma hora, que pasen 7 días para que vuelva a ser lunes y 30 para darle la bienvenida al próximo mes. Siempre es un buen momento para fijarnos otra meta, cumplir otro objetivo. Pero claro… la cosa cambia cuando han pasado 365 días y empieza un nuevo año. Es entonces cuando ahora más que nunca empezamos a llenarnos de propósitos y nos autoconvencemos de que este será nuestro año.

Pero recordad, si llega el 3 de febrero y ya hemos dejado de ser constantes en el estudio o el trabajo, de hacer la dieta y de ir al gimnasio, no debemos esperar a que pase otro año para intentarlo de nuevo. En ese momento olvidémonos del reloj y del calendario y empecemos a correr más rápido. No hay tiempo que perder.

Para ti

LEE EN VOZ ALTA

– ¿Hola?

– Hooooolaaa

– Ah, sí, soy yo. Era justo a quien esperaba oír.

Un poquito de #YoMiMeConmigo. No me juzguéis. De hecho, es necesario que todo el mundo tenga un ratito para sí mismo, para reflexionar. Es algo así como cuando de pequeños nos mandaban al rincón de pensar. Solo que, llegados a cierta edad, esa especie de recoveco pasa a un plano más figurado. El caso es que debemos encontrar momentos para desconectar de todo y conectar contigo mismo. Aprender a regalarnos tiempo para conocernos bien.

Una vez que encontramos esos ratitos para nosotros viene la parte complicada.

– ¡EH!

– ¿Qué pasa?

– Lee en voz alta. Escúchate.

Bueno, por donde iba. ¡Ah!, sí, la parte complicada… Escucharnos. Nada de pensar para nuestros adentros. Nada de oír nuestro eco. Nada de hablar con nuestra conciencia.

Hablemos de Yo a Mí, pero en voz alta, que nos oigamos bien. Pronunciemos nuestros miedos. Gritemos cuando lo necesitemos. Así todo sonará diferente. Saquemos de la cabeza lo que tengamos dentro a través de palabras. Es la única manera de darles vida, de hacerlos reales.

 

Claarmina

 

 

 

 

Busca y encuentra

Detalles.

Sencillos, pero marcan la diferencia. Son esencia, color, luz. A veces no te das cuenta de que están por todas partes porque son sigilosos. Les gusta pasar desapercibidos.

Al principio cuesta encontrarlos, sobre todo si nunca has tenido uno antes, pero merece la pena buscarlos porque cuando los encuentres te gustarán tanto que no podrás soltarlos. Será entonces cuando verás detalles en cada rincón, querrás intercambiarlos con otras personas, mostrarlos y lucir de su poder. Hay que advertir que esos pequeños detalles son capaces de enamorar, de hacer sonreír, llorar, de emocionar.

No debemos subestimarlos porque en cualquier momento pueden sorprendernos.

Ese es su punto fuerte.

Claarmina

Foto: http://pablogonzalezphoto.tumblr.com/post/152523586703